Cada vez que alguien menciona "inteligencia artificial" en una reunión de socios, hay un momento incómodo. Algunos asienten como si entendieran perfectamente. Otros miran el móvil. Y siempre hay alguien que dice "sí, eso está muy bien, pero nosotros nos dedicamos al derecho fiscal, no a la tecnología".
Si te identificas con ese último, este artículo es para ti.
No voy a explicarte qué es un algoritmo, cómo funcionan las redes neuronales ni por qué el machine learning es diferente del deep learning. Nada de eso importa para lo que necesitas saber. Lo que importa es qué puede hacer esta tecnología por tu despacho y qué no puede hacer. Sin más.
El problema no es la tecnología, es cómo te la explican
La mayoría de conversaciones sobre IA en el sector legal cometen el mismo error: asumen que necesitas entender cómo funciona para poder usarla.
No es así.
No necesitas saber cómo funciona el motor de tu coche para conducirlo. No necesitas entender los protocolos TCP/IP para enviar un email. Y no necesitas comprender qué hay dentro de una herramienta de inteligencia artificial para beneficiarte de lo que hace.
El problema es que quienes venden estas soluciones suelen ser técnicos que disfrutan hablando de tecnología. Y quienes escriben sobre el tema quieren parecer sofisticados. El resultado es un muro de jerga que hace sentir al profesional del derecho que esto no es para él.
Pero sí es para ti. Solo necesitas que alguien te lo explique en términos de lo que haces todos los días.
Qué hace realmente la IA en un despacho fiscal
Olvida las definiciones académicas. En términos prácticos, las herramientas de automatización e IA aplicadas a un despacho fiscal hacen cosas muy concretas:
Automatizan la comunicación con clientes. Recordatorios de vencimientos que se envían solos. Solicitudes de documentación que salen automáticamente cuando toca. Confirmaciones de recepción sin que nadie tenga que redactar un email. Seguimientos que se disparan si el cliente no responde en X días. Todo ese ir y venir de correos que consume horas de tu equipo puede funcionar sin intervención manual, liberando tiempo para conversaciones que sí requieren criterio.
Organizan el caos documental. Cada cliente es una carpeta, cada carpeta es un desorden. Documentos que llegan por email, por WhatsApp, en papel escaneado. Versiones que se pisan, archivos que nadie encuentra, información duplicada en tres sitios distintos. Un sistema bien implementado centraliza todo, lo clasifica automáticamente y lo hace accesible en segundos. No más "espera que busco el documento" mientras el cliente espera al teléfono.
Simplifican el intercambio de información con clientes. En lugar de emails pidiendo documentos y respuestas con adjuntos desordenados, el cliente accede a un espacio donde sabe exactamente qué tiene que subir, puede ver el estado de sus trámites y recibe notificaciones cuando algo requiere su atención. Menos fricción para él, menos persecución para ti.
Eliminan tareas repetitivas que no requieren pensar. Actualizar hojas de cálculo con datos que ya existen en otro sitio. Copiar información de un sistema a otro. Generar el mismo reporte cada mes con datos diferentes. Son tareas que alguien de tu equipo hace en piloto automático, y precisamente por eso son perfectas para que las haga una máquina.
Pueden ayudar a analizar y procesar información. Aquí es donde entra la IA más avanzada: herramientas que leen documentos, extraen datos relevantes, identifican patrones en tu cartera de clientes o sugieren respuestas basadas en consultas anteriores. No sustituyen tu criterio, pero te dan información mejor organizada para tomar decisiones.
Eso es todo. No hay magia, no hay ciencia ficción. Son herramientas que hacen tareas específicas más rápido y con menos errores que las personas.
Lo que la IA no puede hacer
Aquí es donde muchas expectativas se estrellan contra la realidad.
La IA no puede ejercer el criterio profesional que te ha tomado años desarrollar. Puede darte información organizada, pero la decisión de qué recomendar al cliente sigue siendo tuya. Puede identificar un patrón, pero interpretar si ese patrón es relevante para una situación específica requiere tu experiencia.
No puede gestionar la relación con el cliente. Puede ayudarte a responder más rápido, pero el cliente sigue necesitando hablar contigo cuando tiene dudas, cuando está preocupado, cuando necesita que alguien le explique qué significa todo esto para su negocio.
No puede adaptarse a lo inesperado. Las herramientas de IA funcionan bien con situaciones que se parecen a lo que han visto antes. Cuando aparece algo nuevo, una reforma fiscal reciente, una situación atípica, un caso sin precedentes, necesitas a un profesional que piense.
Y no puede asumir responsabilidad. Al final del día, quien firma eres tú. La herramienta es exactamente eso: una herramienta. Como una calculadora muy sofisticada. Útil, pero no responsable.
Por qué esto debería importarte aunque "no seas de tecnología"
Hay una realidad incómoda que muchos profesionales senior prefieren ignorar: los despachos que están adoptando estas herramientas no lo hacen porque les guste la tecnología. Lo hacen porque están ganando ventaja competitiva.
Responden más rápido. Cometen menos errores en tareas rutinarias. Liberan tiempo de su equipo para trabajo que sí requiere criterio. Y pueden atender más clientes sin proporcionalmente más personal.
No tienes que convertirte en experto en tecnología. No tienes que entender los detalles técnicos. Pero sí necesitas entender qué es posible, para poder tomar decisiones informadas sobre tu despacho.
La alternativa es quedarte fuera de la conversación y dejar que otros decidan por ti. O peor, asumir que esto no aplica a tu práctica mientras tus competidores descubren que sí aplica a la suya.
Por dónde empezar si todo esto te resulta abrumador
No empieces por la tecnología. Empieza por el problema.
Identifica una tarea concreta que consuma tiempo desproporcionado en tu despacho. Algo repetitivo, predecible, que no requiera el criterio que te hace valioso como profesional. El seguimiento de vencimientos, la comunicación rutinaria con clientes, la organización de documentos.
Una vez que tienes claro el problema, buscar la solución es mucho más sencillo. Ya no estás evaluando "herramientas de IA" en abstracto. Estás buscando algo que resuelva ese problema específico.
Y cuando hables con proveedores, no dejes que te abrumen con jerga. Si no pueden explicarte en dos minutos qué hace su herramienta y cómo te ayuda, probablemente no lo tienen claro ni ellos. Las mejores soluciones son las que se explican fácil.
Una última cosa
La tecnología no va a reemplazarte. Eso ya lo sabes, aunque a veces las noticias digan lo contrario.
Pero los profesionales que usen bien estas herramientas van a tener ventajas sobre los que no las usen. No porque sean mejores fiscalistas, sino porque tendrán más tiempo para serlo.
La pregunta no es si deberías interesarte por esto. Es cuánto tiempo más vas a esperar antes de hacerlo.
¿Quieres entender qué herramientas aplicarían a tu despacho sin tener que volverte experto en tecnología? Podemos ayudarte a identificar dónde está el mayor potencial de mejora y qué soluciones encajan con tu forma de trabajar.
